25 de octubre de 2015 (Maya Comunicación) Se suceden las idas y las venidas. El traslado de las pelotas, las neveras con el hielo y las bebidas isotónicas, las equipaciones usadas durante el partido… Y pese al jaleo de los que van y vienen, el silencio. Se podría oir el vuelo de una mosca en el pasillo que comunica el vestuario de Argentina con el acceso a la zona mixta y la salida del Estadio Nelson Oyarzún Arenas de Chillán. Pasa el doctor. “Son cosas del fútbol”, musita, intentando sonreír pese a la tristeza.
Argentina acaba de decir adiós a la Copa Mundial Sub-17 de la FIFA 2015. Llegaba con vitola de favorita. Le había tocado un grupo fuerte, con otras candidatas como México o Alemania, pero pocos esperaban el pobre bagaje con el que se marcha el equipo: 3 derrotas al cabo de la primera fase, con un solo gol a favor, el conseguido de penal en esta última fecha ante Australia, y 8 en contra.
La puerta del vestuario se abre y sale Miguel Lemme. Infusión en mano y cariacontecido, pero sereno. “Se nos derrumbó. Vino una ola y tiró abajo el castillo de arena que teníamos en la mente”, explica a “Veníamos con expectativas. Teníamos el sueño de ser campeones mundiales sub-17, algo que nunca había conseguido Argentina. Pero no se dio”.
Una cicatriz dolorosa
Lemme sabe que las críticas no van a tardar en llegar, y es el primero en asumir la responsabilidad por el mal desempeño del equipo. “Como ya dije ayer, el responsable soy yo, no los chicos. De mí que digan lo que quieran. A mí me preocupan los chicos”, señala.
Y es que el técnico ha sido un padre deportivo para muchos de los integrantes de esta selección sub-17. “Venimos trabajando con ellos desde los 14 años, y me da lástima por ellos. Va a ser duro asimilarlo. Confío en que lo van a superar rápido, porque son jóvenes, la semana que viene volverán a entrenar con sus clubes, y se irán olvidando,… Pero esta cicatriz se les va a quedar ahí”.
Tras sus derrotas ante México y Alemania en las dos primeras jornadas de este temible Grupo C, a Argentina le quedaba una sola bala en la recámara: la de Australia. Con un triunfo, el equipo habría tenido opciones de seguir adelante en el torneo, pero las cosas volvieron a salir torcidas. Nuevamente hubo desacierto de cara a portería y errores en defensa.
“Ante México no se pudo y Alemania fue un vendabal, pero el sueño era hoy. Ganando, entrábamos. Pero no pudimos concretar las ocasiones y en dos descuidos nos anotaron. Nos pudo la ansiedad de hacer las cosas rápido. Salimos como queriendo ganar el partido al minuto…” Lemme suspira, sabiendo que ya no hay tiempo para lamentaciones. “Uno analiza los partidos, y luego en la cancha salen otros”, comenta.
Intentando mirar hacia delante
¿Y ahora? “Estoy firmemente convencido de que la mayoría va a jugar en primera en poco tiempo. Acuérdense. Porque las condiciones, las tienen. Ahora tendrán que soñar con estar en la selección sub-20 y lograr un campeonato”. El técnico se despide y marcha.
De nuevo el silencio. Pasados unos minutos, la puerta del vestuario vuelve a abrirse. Esta vez son los jugadores los que, uno tras otro, desfilan por el pasillo. Ni un murmullo. Sólo caras largas y alguna que otra mirada perdida, intentando encontrar respuestas a lo sucedido.
“A veces pega en el palo y entra, y a veces pegan en el palo y sale. Y a nosotros nos tocó que salga”, acierta a decirnos Matías Roskopf. El delantero no puede ocultar el disgusto. Por la eliminación. Porque estos días no ha tenido la puntería afinada. Y porque hay cierto sabor a despedida. “Éste fue el último torneo todos juntos. Puede que vayamos a la sub-20, pero habrá también otros chicos. Ya no seremos los 21 que vinimos acá”, explica con voz queda.
Pese a la tristeza, Matías intenta mirar hacia delante. No hay mejor manera para cicatrizar una herida como ésta que poniéndose un reto nuevo. “Este grupo merece más. Esperemos que dentro de unos años casi todos estemos peleando en la selección mayor tratando de ganar el Mundial grande”. Y entonces, la tristeza y el silencio de hoy serán sólo un vago recuerdo.
