
Hoy se celebra el Día del Maestro, y en algún auditorio moreliano, alguien pronunciará un discurso cargado de gratitud. Lo que faltará es una conversación honesta sobre lo que se le exige al maestro michoacano: que enseñe en la pobreza, conviendo con la violencia, camuflarse con aviadores magisteriales, con grupos sobredimensionados o en aulas fantasma, en rancherías donde la civilización parece detenida, o en periferias urbanas donde llega con demasiada fuerza y pocos recursos.
Al cruzar los datos del Sistema Educativo Nacional para el ciclo 2024-2025 con el Censo de Población del INEGI 2020 y las mediciones de pobreza municipal del CONEVAL, lo que emerge dista del retrato heroico que los políticos pintan cada quince de mayo.
Es una radiografía implacable de un sistema educativo operando simultáneamente en dos extremos irreconciliables: el hacinamiento y el abandono. Ambos, en su propia manera, son formas de fallarle al maestro.
En los diez municipios con mayor concentración de docentes por escuela, todos grandes centros urbanos o bastiones de la meseta purépecha, las escuelas funcionan con plantillas relativamente completas. Morelia encabeza la lista con 14.48 maestros por plantel, seguida de Cherán con 10.63, Zamora con 10.30, Jacona con 10.06 y Uruapan con 9.95. Sahuayo, Lázaro Cárdenas, Nahuatzen, Jiquilpan y Tarímbaro completan este grupo. En estos municipios, el promedio de entre nueve y catorce maestros por plantel permite especialización: hay alguien que enseña inglés, alguien que da educación física, alguien que trabaja las artes.
En los diez municipios del extremo opuesto, el drama del modelo multigrado cobra su dimensión real. Chinicuila apenas alcanza 1.46 maestros por escuela. Tzitzio llega a 1.70, Nocupétaro a 1.91, Tuzantla a 1.94, Madero a 2.17. Tiquicheo, Susupuato, Zináparo, Churintzio y Morelos cierran esta lista sin rebasar los 2.35. En estos municipios, un solo docente, con frecuencia recién egresado de una normal y asignado por primera vez, enfrenta tres, cuatro o cinco grados distintos en el mismo salón, con materiales insuficientes, sin internet, sin colegas con quienes consultar una duda pedagógica.
Chinicuila tiene 178 veces menos población que Morelia, pero una proporción de escuelas por habitante doce veces mayor. La dispersión se sufre, la batalla la dan los maestros y el precio lo pagan los estudiantes.
Al incorporar la variable demográfica, la paradoja se agudiza. Los municipios con mayor número de escuelas por cada mil habitantes son precisamente los más marginados en términos geográficos. Chinicuila, Tzitzio, Nocupétaro, Tiquicheo, Susupuato, Madero, Carácuaro, Churumuco, Tuzantla y Tumbiscatío sostienen la mayor densidad de planteles per cápita del estado, en tanto que Morelia, Zamora, Jacona, Lázaro Cárdenas, Uruapan, Tarímbaro, La Piedad, Sahuayo, Jiquilpan y Los Reyes registran la menor, porque en las ciudades un solo macro-plantel absorbe a miles de estudiantes con eficiencia territorial.
Tener nueve alumnos por docente en Tumbiscatío o once en Chinicuila puede sonar, a primera vista, como un privilegio pedagógico. La realidad es otra. Al revisar los diez municipios con la relación más baja, Tumbiscatío con 9.25, San Lucas con 10.35, Huaniqueo con 10.51, Chinicuila con 11.13, Chucándiro con 11.27, Arteaga con 11.36, Morelos con 11.67, Tuzantla con 12.00, Jiménez con 12.23 y Tzitzio con 12.33, lo que asoma detrás del indicador es despoblamiento, puro y duro. Son zonas expulsoras de población, vaciadas por la migración hacia Estados Unidos o erosionadas por la violencia del crimen organizado, donde ha quedado una población envejecida y unos pocos niños a quienes el Estado, por imperativo constitucional, sigue enviando un maestro.
El costo per cápita de ese mandato constitucional es extraordinario. Retirar al docente sería un retroceso civilizatorio que ningún gobierno puede defender públicamente. El dilema es auténtico y la salida reside en la inteligencia de la política pública, nunca en la renuncia al derecho a la educación.
La saturación, en cambio, tiene un rostro agroindustrial. Los diez municipios con más alumnos por docente son Cojumatlán de Régules con 22.30, Peribán con 20.98, Yurécuaro con 20.98, Tanhuato con 20.65, Tingambato con 20.64, Marcos Castellanos con 20.63, Pajacuarán con 20.22, Tangamandapio con 20.04, Briseñas con 20.03 y Venustiano Carranza con 19.81. Ninguno es una capital burocrática. Son los territorios del aguacate y los berries, de los jornaleros y las empacadoras, donde la población flotante creció a una velocidad que la planificación de plazas magisteriales jamás logró anticipar. Un maestro atiende aquí a más de veinte alumnos en promedio, con grupos heterogéneos, hijos de migrantes internos.
Cuando se integra la variable de población total, el sistema educativo deja de ser un mapa de escuelas para convertirse en un retrato demográfico del estado. Y ese retrato muestra dos Michoacanes que se alejan entre sí a velocidades que la planificación oficial prefiere ignorar.
El Michoacán joven está concentrado en la Meseta Purépecha y en los corredores aguacateros. Municipios como Cherán, Nahuatzen, Peribán, Coahuayana, Los Reyes, Chilchota, Tingüindín, Tancítaro, Paracho y Nuevo Parangaricutiro tienen entre el 24% y el 29% de su población total dentro de las aulas. Las tasas de natalidad son altas, las comunidades son cohesionadas y el bono demográfico es real. Cherán y Nahuatzen muestran, en particular, una capacidad organizativa comunitaria notable: sus escuelas concentran estudiantes en planteles grandes y robustos, con una lógica que las comunidades purépechas han construido desde su autonomía y que el Estado central haría bien en aprender.
El Michoacán que envejece está en el Bajío. Zináparo, Churintzio, Numarán, Huaniqueo, Morelos, Jiménez, Penjamillo, Panindícuaro, Angamacutiro y Puruándiro apenas tienen entre el 14% y el 16% de su población en las escuelas. Los jóvenes se fueron al norte. En estas localidades permanecen los abuelos, los campos de cultivo semiabandonados y las aulas con salones a medio llenar. Más que intervención educativa urgente, lo que necesitan es una política de desarrollo territorial antes de que las escuelas se conviertan en monumentos a la migración.
La paradoja se completa con la distribución de los maestros. A pesar del despoblamiento, los municipios serranos de alta marginación, Chinicuila, Tumbiscatío, Tzitzio, Susupuato, Nocupétaro, Carácuaro, Churumuco, Tiquicheo, Madero y San Lucas, concentran la mayor tasa de maestros por cada mil habitantes del estado. El Estado hace un esfuerzo burocrático titánico para llevar docentes a la sierra. El problema es que esos maestros operan en aislamiento, sin red de apoyo, sin pares con quienes deliberar, en formatos multigrado que los desgastan y que, por bien intencionados que sean, resultan incapaces de replicar la riqueza pedagógica de un plantel de organización completa.
Cuando se calcula el número de personas en situación de pobreza por escuela, los mayores volúmenes absolutos recaen sobre los centros urbanos y periurbanos: Morelia, Uruapan, Zamora, Tarímbaro, Lázaro Cárdenas, Zitácuaro, Apatzingán, Hidalgo, Pátzcuaro y Maravatío. En la periferia de estas ciudades, una sola escuela pública puede estar rodeada por miles de familias en precariedad. El maestro de primaria en una colonia popular es el educador, el trabajador social, el psicólogo y el gestor comunitario de su cuadra.
En Nahuatzen, donde el 86.5% de la población vive en situación de pobreza, el maestro convive con las carencias de sus alumnos cada mañana. Las enseña porque las habita.
El indicador más desgarrador es el de personas en situación de pobreza por alumno. Los diez municipios donde el entorno de precariedad que rodea a cada estudiante resulta más aplastante, Nahuatzen, Susupuato, Nocupétaro, Aquila, Tzitzio, Tiquicheo, Carácuaro, Turicato, Churumuco y Madero, configuran el mapa del hambre en Michoacán. En estas demarcaciones, el alumno llega al aula desde la incertidumbre más elemental: sin desayuno con frecuencia, sin electricidad en casa a veces, sin conexión a internet casi siempre. Y le pedimos a un maestro que le enseñe las tablas de multiplicar.
Nahuatzen merece mención aparte, porque concentra todos los extremos de manera simultánea. Con una tasa de pobreza del 86.5%, aparece encabezando o cerca del tope en prácticamente todos los indicadores de precariedad del análisis: más pobres por docente, más pobres por alumno, más pobres por escuela en términos relativos. Y aun así, sus escuelas tienen una densidad estudiantil alta y una organización comunitaria fuerte. Nahuatzen es la síntesis más clara de lo que significa resistir desde la educación, con las uñas y con convicción.
En el extremo opuesto, la menor proporción de pobreza por alumno se registra en los municipios del Bajío: Zináparo, Churintzio, Numarán, Huaniqueo, Morelos, Jiménez, Penjamillo, Panindícuaro, Angamacutiro y Puruándiro. Son comunidades sostenidas, en gran medida, por las remesas de migrantes en Estados Unidos. Una estabilidad frágil, dependiente de políticas migratorias ajenas y de una sola decisión en Washington.
El quince de mayo existe para recordar que la educación ocurre porque hay alguien, de carne y hueso, con sus propios miedos y sus propias deudas, que se para frente a un grupo de niños y decide que ese momento importa. En Michoacán, ese alguien opera en condiciones que los datos aquí presentados apenas alcanzan a describir.
La vocación existe y merece ser honrada, pero no debe ser esclavizada a sustituir a la política pública. Un sistema educativo construido sobre el heroísmo individual de docentes que resisten en condiciones que el propio Estado ha dejado deteriorar es un sistema frágil, injusto y moralmente insostenible. Los aplausos del quince de mayo son incapaces de pagar los materiales que el maestro de Tumbiscatío compra de su propio bolsillo, de reparar el techo del aula de Susupuato, o de dar de desayunar al alumno de Carácuaro que llegó a clases con el estómago vacío.
El análisis de los 113 municipios michoacanos, con sus cruces de datos educativos, demográficos y de pobreza, conduce a tres recomendaciones:
1) Transitar del modelo multigrado al modelo concentrador con movilidad garantizada. El esquema de una escuela en cada ranchería es pedagógicamente insostenible y fiscalmente irresponsable. La alternativa es construir Polos Educativos Comunitarios con especialistas en cada disciplina, laboratorios, conectividad satelital e instalaciones deportivas. La pieza crítica de esta política es el transporte escolar rural subsidiado al cien por ciento. Resulta menos costoso, y mucho más justo desde el punto de vista pedagógico, financiar autobuses que seguir manteniendo veinte aulas con goteras y sin sanitarios funcionales, con becas insuficientes y cada una con un maestro aislado que jamás puede especializarse porque siempre está haciendo todo.
2) Reingeniería de plazas: la demografía ya tomó su decisión, el Bajío michoacano envejece, la Meseta Purépecha y los corredores aguacateros crecen. La Secretaría de Educación debe congelar las plazas que vayan liberándose por jubilación en los municipios envejecidos de Zináparo, Churintzio y Numarán, y reasignarlas de manera planificada a Peribán, Yurécuaro, Cherán y Nahuatzen, donde los maestros atienden hoy grupos de más de veinte alumnos con los recursos de ayer. Asignar una plaza por inercia a municipios que pierden niños, mientras otro los acumula sin maestros suficientes es negligencia, por lo menos.
3) Crear escuelas integradoras por el desarrollo humano en municipios con mayor pobreza, como Nahuatzen, Susupuato, Aquila, Tiquicheo y Carácuaro, exigir excelencia académica sin atender las necesidades básicas es una crueldad administrativa con consecuencias concretas sobre la vida de los niños. Las escuelas deben contar con comedores de tiempo completo, atención médica preventiva en el plantel y apoyo psicosocial para estudiantes y familias. Antes de enseñar a leer, hay que garantizar que el niño haya comido. Y antes de exigirle resultados al maestro, hay que garantizarle condiciones mínimas para trabajar.
Michoacán tiene un sistema educativo que le pide al maestro que sea héroe sin darle las herramientas para serlo. Que el quince de mayo sea el día en que alguien, en algún escritorio con poder de decisión, abra estas tablas y tome la resolución que lleva años postergando.
¡Merecemos un gobierno educador!
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*Doctor en ciencias del desarrollo regional y director fundador de Mexicanos Primero capítulo Michoacán, A.C.




